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La Constitución Dei Verbum, concluyendo su VI capítulo, llamado pastoral: “La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia”, nos invita a acercarnos a la Palabra de Dios mediante la antigua modalidad llamada “Lectio Divina”. De ahí en adelante, no se ha cesado de actualizar el llamado.

“El santo Concilio recomienda insistentemente a todos los cristianos, en particular a los religiosos, a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo” (Fil 3,8), con la lectura frecuente de las Divinas Escrituras, ‘porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo’* … Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre”**.

Con la autoridad que todos reconocemos a Juan Pablo II y al Card. Martini, escuchemos su invitación:

“Es necesario que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital en la antigua tradición de la Lectio Divina, que permite captar en el texto bíblico la Palabra viva que interpela, orienta, plasma, cambia la existencia”***.

“La Lectio Divina, lectura meditativa y orante de la Sagrada Escritura, en particular del Evangelio, puede ser hecha por cualquier cristiano que tenga un mínimo de cultura de base y quiera recorrer un camino espiritual serio… Yo no me cansaré de repetir que es uno de los medios principales con los que Dios quiere salvar nuestro mundo occidental de la ruina moral que pesa sobre él por la indiferencia y por el miedo a creer”****.

Nuestros obispos reunidos últimamente en Aparecida se ubican en esta línea de espiritualidad bíblica:

“Ente las muchas formas de acercarse a la Sagrada Escritura, hay una privilegiada a la que todos estamos invitados: la Lectio Divina o ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura. Esta lectura orante, bien practicada, conduce al encuentro con Jesús-Maestro, al conocimiento de Jesús-Mesías, a la comunión con Jesús-Hijo de Dios, y al testimonio de Jesús-Señor del universo. Con sus cuatro momentos (lectura-meditación-oración-contemplación), la lectura orante favorece el encuentro personal con Jesucristo al modo de tantos personajes del evangelio: Nicodemo y su ansia de vida eterna (cf. Jn 3,1-21), la Samaritana y su anhelo de culto verdadero (cf. Jn 4,1-42), el ciego de nacimiento y su deseo de luz interior (cf. Jn 9), Zaqueo y sus ganas de ser diferente (cf. Lc 19,1-10)… Todos ellos, gracias a este encuentro, fueron iluminados y recreados porque se abrieron a la experiencia de la misericordia del Padre que se ofrece por su Palabra de verdad y de vida”.

También en el Perú se viene sintiendo la necesidad de un acercamiento más orante a la Palabra, vista no sólo como objeto de estudio e investigación, sino sobre todo como alimento de la fe y de la espiritualidad. En general se viene reconociendo que es el mejor método de lectura-reflexión-oración que tiene la Iglesia para conocer, profundizar y vivir la Palabra de Dios. Es una modalidad que ayuda a conocer el texto, a reflexionarlo, a encontrar a Dios y dejar que el Señor nos hable por ese medio.

 
* San Jerónimo. Comentario de Isaías. PL 24,17; Benedicto XV, Enc. Spiritus Paraclitus, EB 475-480. Pio XII. Enc. Divino Afflante. EB 544.
** DV, 25.
*** Juan Pablo II. NMI, 39.
**** Carlo Maria Martini. Itinerarios Educativos. Milán 1988, p. 63.