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Lectio Divina
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Los rabinos decían que la Torá, la Palabra, era la presencia de Dios en la creación, presencia que el hombre hacía suya con la lectura, la meditación, la oración. Así pusieron los fundamentos: un método judío que luego fue heredado por el cristianismo (Cf. 2Tim 3,14-17; Rom 15,4) y es común a todos los Padres de la Iglesia, de oriente y de occidente, empezando por Orígenes, que acuñó la expresión “Lectio Divina”(1).

Más tarde, en la Edad Media, recibió una esquematización sobre todo en el mundo monacal; es inolvidable al respecto Guigo II el Cartujo, con su “Escala de los monjes”(2), en la que grafica los pasos de la Lectio: lectura-meditación-oración-contemplación, parafraseando Mt 7,7: “Busquen en la lectura, encontrarán con la meditación; toquen en la oración, entrarán en la contemplación”.

Posteriormente la Lectio Divina cayó en desuso. Pero fue conservada en los monasterios. Por influjo de los seguidores de Sto. Domingo y de San Ignacio de Loyola, hubo una fuerte tendencia a poner el acento en la “meditación”, entendida sobre todo en el aspecto intelectual y volitivo; en el bajo medioevo incluso se tendía a proponer la meditación como “quaestio y disputatio”, postergando la “oratio y meditatio”.

Pero después de un tiempo de exilio de este método, correspondiendo al fin del exilio de la Palabra, el Concilio Vaticano lo vuelve a reproponer. Desde entonces los documentos de la Iglesia, sobre todo los mensajes del venerado Juan Pablo II, seguido de Benedicto XVI, no han cesado de invitar a este encuentro orante con la Palabra a todos: desde los obispos a los laicos.

La Bibliografía sobre Lectio Divina es creciente y creciente también el interés de los fieles por ella; pero se precisa una educación, propiamente una iniciación y la práctica de la Lectura Orante de la Palabra.

 
(1) Orígenes (+ 254). Afirmaba que para leer la Biblia con provecho es necesario realizar el esfuerzo de atención y asiduidad: “Debemos volver cada día de nuevo, como Rebeca, a la fuente de la Escritura”.
(2) La Escalera de los monjes (Scala claustralium) fue redactada por Guigo II el Certosino o el Cartujo, hacia 1150, en forma de carta, de estilo monástico, a un monje de nombre Gervasio. El contexto del escrito es la vida monástica y se orienta en una definida opción hacia la vida contemplativa. La obra de quince cortos capítulos no sólo impactó entre los monjes, sino que, en lengua vernácula, se difundió también entre los laicos.